La (i)lógica de una historia de amor

Para Danib con todo mi Amor.

Quien no conoce nada, no ama nada. Quien no puede hacer nada, no comprende nada. Quien nada comprende, nada vale. Pero quien comprende también ama, observa, ve… Cuanto mayor es el conocimiento inherente a una cosa, más grande es el amor. Quien cree que todas las frutas maduran al mismo tiempo que las fresas nada sabe acerca de las uvas.

PARACELSO

 

Esta es la historia de dos personas que creyeron amarse mutuamente.

Ella era una joven adolescente de 16 años. Él poco más que adolescente con 19 años. Se conocieron como en todas las historias de vida que merecen la pena, por un accidente. O si se quiere, ya que este autor no cree en las casualidades, por una coincidencia. Ambos coincidieron en un momento y en un lugar concreto de sus cortas vidas.

Ella provenía de una familia de clase media acomodada de, digamos, cierta tendencia progresista y liberal. Por contra, la familia de él, aunque también de clase media acomodada, era mucho más tradicional y conservadora. Naturalmente la personalidad de ambos había sido predeterminada por las evidentes diferencias educativas que habían recibido. Sin embargo, dos personas tan jóvenes como estas, aún tendrían muchas cosas que aprender el uno del otro.

Una coincidencia fue lo que condujo a ella hasta el pequeño pueblo donde él vivía, y una coincidencia fue lo que permitió que ambos se conocieran por medio de sus respectivas familias. Él quedó completamente prendado de ella desde el principio -era realmente hermosa. Ella poco a poco fue admirando la presencia de aquel joven, de apariencia madura e inteligente. Y a pesar de que aquella tarde, probablemente él se sentía mucho más atraído por ella que al contrario, fue ella precisamente la que le propuso “¿puedo ir contigo a tomar algo?” Naturalmente él acepto con tanto agrado como sorpresa. La noche transcurrió como una cita normal de dos jóvenes de esa edad. Tomaron algo, charlaron durante horas, sintieron atracción física y acabaron, como era previsible, besándose en el coche.

Ella fue descubriendo en los días posteriores que él, si bien era una persona prudente e introvertida, también era perseverante. La llamaba por teléfono e intentaba mimarla. La anhelaba. Hasta que dos semanas más tarde consiguió quedar con ella de nuevo de una manera “formal”. Fue a recogerla a su casa, charló con su padre mientras ella bajaba (lo que equivale a decir que todo lo bueno requiere paciencia), y la devolvió a su hogar a la hora exacta que le habían indicado.

A partir de entonces comenzaron a salir. Se convirtieron en, lo que en aquel momento se denominaba habitualmente, unos novios. Salían, cenaban y charlaban. Se apasionaban mutuamente. Se anhelaban mutuamente. Se conocían. Comenzaban a amarse mutuamente. Y durante seis cortos, pero intensos y maravillosos meses vivían el mejor amor erótico de sus vidas. Él dio un pequeño paso adelante. Una noche, desnudos en el coche después de hacer el amor, le preguntó a ella “¿te casarías conmigo?” Ella le observó con una mirada a medio camino entre la sonrisa y la carcajada, y le respondió “siii”

Durante largo tiempo después, él bromearía a veces con ella sobre el hecho de que en realidad nunca le pidió matrimonio. Sólo le preguntó aquel día si lo haría, pero nunca le pidió que lo hiciera.

Él jamás olvidaría la tarde en que aquellos ojos que tanto admiraba, que tantas veces le cautivaban, le dijeron “estoy embarazada”. Habían transcurrido seis meses desde que se vieron por primera vez, y aquel día él se dijo a sí mismo “nunca la abandonaré”.

Hasta aquí dos personas muy enamoradas. Dos personas que se sienten intensamente cercanas porque la barrera del desconocimiento superficial ha desaparecido, y que aspiran de alguna forma a convertirse en una sola unidad. Pero esto no es amar. Al menos aún no.

La intensidad del apasionamiento que en origen dio lugar a que él quedara completamente cautivado por ella, sólo es el equivalente a su grado de soledad interior. Ella, por el contrario padecía un leve complejo de Elektra, lo que impulsó su atracción hacia un joven “más maduro” que los chicos de su edad. Estas son, en esencia las principales razones de este bonito amor erótico. El problema es que ninguno de los dos conocía esto.

A partir de aquí el mundo real se apoderó de ellos. Los invadió. Los inundó como una enorme balsa de agua imposible de contener. En el mundo real, dos personas en esas circunstancias se ven sometidas irremediablemente a las influencias del mundo externo. Su mundo se había desvanecido. Ese pequeño universo que habían construido durante ese breve lapso de tiempo se fue, y nunca más volvió.

A partir de entonces, las circunstancias de dos jóvenes embarazados -ella menor de edad- impulsaron a las respectivas familias a intervenir. Se creó la dote, se monto una vivienda, y todo se adaptó para que él continuara trabajando en la empresa familiar de la manera más cómoda posible. Pero lo cierto es que nadie les preguntó a ninguno de los dos cómo querían vivir sus vidas. Él simplemente se dejaba llevar. Ella contemplaba con asombro todo lo que estaba sucediendo, y comenzó a comprender que él no era en realidad algo prudente. La realidad es que ese joven tenía un grave problema de autoestima y amor propio, y lo siguió teniendo durante mucho más tiempo. Pero por aquel entonces, ella no disponía de herramientas intelectuales ni para afrontar ni, tan siquiera, para comprenderlo totalmente.

Él había sido el pequeño de sus hermanos (a diferencia de ella que sólo tenía hermanos pequeños), se había criado sobreprotegido, siempre tuvo una autoestima muy baja, y además había recibido una educación tradicional conservadora. Pero en el fondo de su ser era un rebelde. Eso sí, un rebelde con miedo. Durante toda su vida mantuvo el mismo problema: nunca se aceptó a sí mismo tal como era. O mejor, nunca quiso aceptar que en realidad quería ser otra cosa. O en palabras de mi querida colega Beatriz M. González “una cosa es lo que es, y otra lo que te gustaría ser”.

Y así, durante los siguientes catorce años de vida ambos se convirtieron en otra familia de clase media acomodada. La intensa pasión dejó paso a la rutina diaria. Y las sonrisas, las miradas, los besos y las caricias se iban desvaneciendo al mismo ritmo que su vida era cada día más “estable”. En esos catorce años predominaron las discusiones, los enfados, las noches en estancias separadas, los reproches, y sobre todo la incomunicación. Eran dos personas conocidas que no se conocían en absoluto.

Pero amar no es un don, ni un regalo, ni tampoco es algo espontáneo que surja. Amar es una actividad, es una acción. Ha de hacerse, ha de llevarse a cabo. Y lo intentaban. Una y otra vez se realizaban intentos de amar de verdad, pero todos sin éxito.

Tal como indica Fromm el carácter activo del amor se vuelve evidente cuando implica cuatro elementos básicos: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento. Cuidado, responsabilidad y respeto son tres elementos que no generan dudas. Pero, ¿y el conocimiento? El conocimiento es sin duda el elemento transversal. No se puede respetar a alguien sin conocerlo, y paralelamente, cuidado por y hacia la persona amada y responsabilidad por y hacia la persona amada, no son posibles si no están guiados por el conocimiento. Pero el conocimiento para amar verdaderamente de forma productiva “sólo es posible cuando puedo trascender la preocupación por mí mismo, y ver a la otra persona en sus propios términos” (Fromm).

Siguiendo con la historia, llegamos al momento en el que por fin, entró de nuevo en escena abrumadoramente el mundo externo. Y las circunstancias del momento se llevaron por delante la empresa, la casa, el coche, las cuentas bancarias y la vida acomodada. Durante otros seis largos años su vida fue totalmente inestable. Aún a pesar de que en algunos momentos la situación fue de pobreza, y a costa de arruinarse aún más, consiguió que su familia no sufriera en exceso esta situación. Pero esos seis largos años fueron el principal detonante de la tragedia.

Porque esencialmente el amor es un acto de dar. Producir amor mediante la actividad o la acción de amar es principalmente un movimiento de dar. Dar produce más felicidad que recibir, porque en ello está la expresión máxima de vitalidad de una persona: estoy viva y me siento dichosa. No obstante, “la pobreza que sobrepasa un cierto límite puede impedir dar, y es, en consecuencia, degradante, no sólo a causa del sufrimiento directo que ocasiona, sino porque priva a los pobres de la alegría de dar” (Fromm)

Él no consiguió en ningún momento recuperar su identidad perdida.

La relación existente entre una persona y su trabajo es uno de los factores más importantes en la definición de la identidad de un individuo. Alguien que dedica su vida a trabajar desempeñando una actividad, desarrolla una identidad que le es propia a dicha actividad. Si en un momento determinado las circunstancias arrebatan a una persona el desempeño de lo que siempre ha hecho, irremediablemente perderá su identidad.

Hemos visto, vemos, y mucho me temo que continuaremos viendo innumerables casos de personas en esta misma situación. Nuestro protagonista no fue una excepción. Quizá la excepción fue lo que prosiguió. Cuando alguien está completamente perdido, no puede evitar que su familia, las personas que le siguen, o si se quiere, las personas que dependen de él acaben también perdidas. Él jamás quiso la vida acomodada que habían llevado. Nunca se interesó por la empresa de su familia. Nunca amó su trabajo. Pero estúpidamente nunca actuó en consecuencia. De esta forma, ella acabó pidiéndole que se fuera de casa. Ella había padecido aquellos 14 años de una vida convencional que jamás pidió, y ahora padecía una situación de inestabilidad generada por una subsistencia muy limitada.

Naturalmente, él se marchó de casa con la mayor decepción de su vida. Si antes estaba perdido, ahora estaba perdido y sólo. Y cuando una persona se siente perdida y sola, se desespera. Y la desesperación conduce a llevar a cabo acciones precipitadas. Así pues, en el transcurso del tercer año de esta fase decidió arriesgarse y emprendió una actividad, que si bien después admitió que le fue proporcionando práctica y conocimiento para su actual trabajo, en aquel momento no hizo más que arruinar más aún su vida, su existencia, y la de las personas a las que amaba.

Es importante detenerse aquí un instante para aclarar que en este punto comienza a tomar mucha fuerza el miedo. El miedo a la verdad. Este miedo a la verdad se desarrolla y aumenta conforme crece la desconfianza. Las razones para dejar de confiar en alguien pueden ser múltiples y variadas. Pero en este caso, el origen de ello era la citada situación de subsistencia limitada a la que habían llegado. Esta situación da pasó no sólo a la desconfianza, sino también a la construcción de una imagen irreal de la otra persona.

Su nuevo trabajo comienza, por la propia naturaleza del trabajo, a alejarle más aún de su amada. Conviven juntos durante semanas o algún mes esporádicamente. Pero la situación es insoportable. Ella le pide que abandone ese trabajo. Él se resiste. Está convencido de que si fracasa no recuperará lo que más ama. Todo son discusiones y reproches. Él nunca entendió por qué tuvo que marcharse de su lado. Y así la desconfianza mutua les lleva mentirse. Él dice que comenzó ella, ella que comenzó él. Da igual. Empiezan a darse celos mutuamente “he conocido…” “he quedado…” “voy a cenar…” “salgo esta noche…”. La auténtica verdad es que ambos falseaban la realidad. Ninguno de los dos estaba diciendo la verdad. Y lo peor de todo, ambos creyeron que esos “celos” eran ciertos. Hasta que él toma conciencia de que este trabajo tampoco le sacará de su situación, y por tanto seguirá sin poder recuperar lo que más quiere. De esta forma se auto-convence a sí mismo de que ha perdido todo lo que una vez tuvo y amó.

Sin ilusiones, sin esperanzas, sin metas, sin planes y sin familia, conoce a otra mujer a través de una página de contactos. Flirtean, charlan, quedan, y se acuestan juntos. Ese día él traiciona su promesa de 20 años atrás, pero aún no es consciente de ello. Y vuelve a mantener citas y relaciones con esta otra mujer otras dos veces en poco más de un mes.

Entonces ella despierta. Él había dejado de agobiarla y acosarla. Así es como durante los últimos cuatro años, ella había definido las comunicaciones que mantenían “me agobias” “me acosas” “me robas la energía” “vete de mi vida y de mi casa”. Pero al despertar, paradójicamente sucede lo contrario. De pronto percibe que va a perder lo que más le importaba conservar. No en vano, durante aquel periodo de poco más de un mes, el agobio y el acoso, si se quiere ver así, fue en sentido inverso.

Tanto es así, que sucede lo siguiente que en una de esas conversaciones. Una mañana por teléfono ella le dice a él “si me pides la luna te la daré”. En circunstancias normales, esta frase llenaría de dicha al receptor, pero no fue así. La respuesta que él dio fue “no quiero la luna, no te la he pedido”.

Tras esta respuesta se encuentra gran parte del sentido de toda esta historia. Tras esa respuesta él no dijo nada más (y debió hacerlo). Tras esa respuesta ella no preguntó nunca el por qué no (y debió hacerlo). Esa respuesta contenía escondida la raíz del conflicto “¿por qué me ofreces la luna ahora? ¿no hubiese sido más sencillo darme algo factible de verdad? ¿un poco de comprensión? ¿un poco de empatía? ¿un poco de ayuda? ¿un poco de amor?

Aún así la historia trágica continúa. Porque él, completamente sumergido en la desilusión total por la vida y por el abandono sufrido, decide vengarse de ella. Decide hacerla sufrir. Causarle dolor. Y lo consigue. Juega con ella durante ese periodo de poco más de un mes. Le cuenta las citas que mantiene con la otra. De alguna forma la convierte en una especie de “partícipe explícita” de sus otras relaciones.

Al parecer, las experiencias orgiásticas proporcionan a las personas durante cierto tiempo un estado similar al trance. La búsqueda del orgasmo toma una forma parecida al consumo del alcohol o las drogas, en un intento de escapar de la soledad.

Y como agravante, su inconsciencia y estupidez consiguieron que ella contrajera una enfermedad. Pero toda venganza siempre tiene un final. Por alguna razón, quizá mística, él recordó su promesa. Recordó aquellos ojos cautivadores diciéndole “estoy embarazada”. Recordó que se prometió a sí mismo no abandonarla jamás. Y paró. Se flageló. Y lloró de rabia y tristeza hasta no poder más. Afortunadamente, desde ese momento sus emociones ya no serían re-convertidas en odio.

Es evidente que hasta aquí el mayor grado de dolor y sufrimiento es el provocado por él. Y ella la principal victima de toda esta historia. Pero es importante tomar en cuenta que, el odio que promueve esa venganza no es más que sufrimiento. Quien odia sufre. Es una de las muchas formas retorcidas que tiene la mente humana para mantener su tendencia egocéntrica. Es decir, “si sufro y siento dolor, mi odio me permite culpar a otra persona. Yo no he hecho nada, pero sufro por su culpa, por eso la odio”

He aquí otra prueba más de la importancia de la transversalidad de ese elemento básico en la actividad de amar: el conocimiento. Ese conocimiento que trasciende la preocupación por mí, y me permite ver a la otra persona en sus propios términos.

A partir de este punto, volvieron a convivir juntos. Continuaban con una subsistencia limitada, pero él entró en una fase de impotencia. Impotencia para trabajar o hacer algo productivo. Impotencia para relacionarse. E impotencia para mantener relaciones sexuales satisfactorias con ella. No obstante, esa fase se fue diluyendo, y poco a poco pudo comenzar a reconstruir su identidad. La misma que había perdido hacia tanto tiempo. Comenzó a dedicar su vida a lo que realmente le hacia feliz, a lo que le gustaba hacer, a lo que era. Pero la subsistencia limitada no se supera así de fácil. Y ella se lo continuó reprochando. Además ella nunca pudo superar aquel dolor que le había infligido. Durante tres años más desde aquella venganza, ella vivió anclada en ese dolor, en esa traición.

Poco después ella se trasladó a otra ciudad para según sus palabras “dame la oportunidad de poder hacer algo aquí” “déjate llevar por el corazón y ya me dirás que te dice. Yo lo tengo muy claro desde hace mucho tiempo”. Veinte días más tarde ella le confesó estar viviendo con otro hombre. Lo que significa que la desconfianza y el miedo a la verdad por parte de ella habían continuado creciendo en silencio.

Y de nuevo, vuelta a empezar.

Gracias al reconocimiento, los detalles, los recuerdos y el análisis del protagonista he podido contar esta historia, y estoy agradecido por ello. Tal vez los lectores encuentren utilidad en la experiencia vivida por estas dos personas, con el ánimo de alentarse a sí mismos a promover y fomentar una actividad del Amor, que implique también el uso del pensamiento y la razón en pro de un mundo mejor.

“Reconocer cómo cada traición la fe nos debilita, y cómo la mayor debilidad nos lleva a una nueva traición, y así en adelante, en un círculo vicioso. Entonces reconoceremos también que mientras tememos conscientemente no ser amados, el temor real, aunque habitualmente inconsciente, es el de amar (…) El amor es un acto de fe, y quien tenga poca fe, también tiene poco amor” (Erich Fromm, El arte de amar)

Esta es la historia inacabada de dos personas que creyeron amarse mutuamente, pero que jamás lo hicieron.